sábado, 5 de septiembre de 2015

Entrevista a Mariana Komiseroff en TIEMPO ARGENTINO

Tiempo Argentino | 05/09/2015
por Ivana Romero 

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"La literatura no debe bajar línea"


Mariana Komiseroff (30) es escritora y también directora y crítica teatral. Del otro lado del charco es su primera novela. En ella reelabora desde la ficción su propia historia familiar de hija de inmigrantes uruguayos.



Cuando tenía siete años, le regalaron un diario íntimo. Ahí no escribía sucesos de todos los días. "Es que a las cosas cotidianas, al menos las que me pasaban a mí, no les veía mucho encanto. Entonces me inventaba historias espeluznantes, bolazos totales, relatos inventados", cuenta Mariana Komiseroff. Un día, un tío suyo –que era apenas adolescente– le sacó el diario y se puso a leerlo. "No sabés las cosas que escribe esta chica", le diría después, entre divertido y escandalizado, a su abuela. Mariana no sabe si la escritura empezó ahí o antes, cuando su madre le armó una pequeña biblioteca y le enseñó las primeras letras, a los cuatro años. Pero sí sabe que todo el asunto estalló más o menos a los 18.

Por entonces conoció a Claudia Piñeiro, a quien llama "mi primera maestra". A ellas –su abuela, su madre y Claudia– va dedicada De este lado del charco. Editada por Conejos, la primera novela de Komiseroff es un paciente trabajo de escritura a través de la vida de una mujer sola y sus cuatro hijos, que dejan Uruguay se van a vivir al Conurbano bonaerense.

El relato se articula a través de la mirada de Adrián (o Nari) desde que es un chico hasta que se convierte en adulto. Es decir, de los '70 a 2001. La contracara es su hermana, La Flaca, una chica práctica e inteligente, que adora a Nari pero a la vez le pone los puntos. Y que además atiende a los hermanitos menores ocupando a veces un rol materno, justamente en esos momentos donde su madre parece tan fuerte que está a punto de caer. A través de una prosa despojada, capaz de narrar lo bello y lo terrible, Komiseroff tampoco le pierde pisada ni al humor ni a la ternura. Todos esos registros conviven con el barro, con las goteras en el techo, con los escarceos amorosos e incluso, con la muerte. Nacida en Don Torcuato en 1984, la autora tiene publicado un e-book de cuentos, Fósforos mojados, y varios relatos inéditos. Además es directora y crítica teatral.


–Me comentabas que escribiste esta novela en el taller de Claudia Piñeiro. ¿Cómo fue ese proceso?

–Claudia es mi maestra porque ella me enseñó a escribir en clave literaria. Yo tenía 17 o 18 años cuando empecé a ir a su taller. Por entonces trabajaba como camarera en el country donde ella vive. Y a la vez, estudiaba teatro. Algunas veces nos pusimos a conversar y finalmente me invitó a ver Un mismo árbol verde, una obra que ella había escrito sobre el genocidio armenio. Después le dije que tenía inquietudes con la escritura y me invitó a su taller. Por entonces, yo recién estaba advirtiendo la desigualdad social como un asunto muy concreto y andaba muy revolucionada, con ambición de justicia. A la vez, había tenido a mi hijo a los 15 años. Así que mis primeros cuentos eran muy bajadores de línea. Ella me enseñó a trabajar todo eso desde la ficción y a potenciar las imágenes. Y a que cada relato hable por sí mismo.

–¿Cómo es el diálogo de tu texto con la autobiografía?

–Claudia dice que la primera novela es el vómito de la historia familiar y que uno tiene que escribirla para poder escribir luego De este lado del charco todo lo demás. Y tiene mucho de esa idea. Vengo de una familia materna de inmigrantes uruguayos, que se instalaron acá bastante antes de los '70 y si bien hay muchas cosas ficcionadas, hay otras tantas anécdotas que se contaban en mi familia y que fui rescatando. Me interesaba ver cómo relatar la adolescencia en un país que no se conoce, con una madre que cruza el charco con un montón de hijos sin saber qué va a pasar. Para sobrevivir hay cosas que se tienen que mover y así los vínculos se construyen de un modo particular, con sus propias características. A la vez, empecé la historia con un cuento que contaban en mi casa. Cuando era chico, uno de mis tíos cruzaba la medianera y molestaba a la vecina de al lado. Nadie lo decía pero siempre quedaba latente que la vecina tenía unas tetas enormes. Y por otro lado decían que mi tío era un ser re tierno por hacer esa travesura y qué sé yo. Yo no pensaba eso pero tampoco lo decía. Entonces escribí un cuento con una versión que por un lado era la mía y por otro, la que la ficción misma necesitaba. Así, fui llevando al taller este –que por una cuestión de estructura quedó afuera– y otros cuentos. Así empezó a formarse la familia de la novela, el barrio donde viven y las cosas que les van pasando. Que son las de mi propia familia y no.

–¿Te sirvió la ficción para advertir cuánto potencial narrativo había en tu propia cotidianidad?

–Sí, cuando vine a trabajar al centro y tomé contacto con otra gente, me di cuenta de eso. A ver, te cuento una pavada. Pero mucha gente no sabe lo que es un calefón eléctrico. O no sabe que en ciertos barrios no hay agua corriente y que como no hay cloacas, el agua se saca de una bomba o de un bombeador. Esas son cosas de mi mundo y cuando empecé a escribir, me di cuenta de que era válido prestarles atención. Al principio, me molestaba la pregunta sobre lo autobiográfico, porque pensaba que sólo era válido inventar un mundo desde cero. Ahora me doy cuenta de que eso no tenía sentido y que, de hecho, aceptar lo autobiográfico es tener a la vez una postura ideológica.

–¿En qué sentido?

–La literatura no está para bajar línea. Como lectora, a mí me molesta que me digan qué tengo que pensar de cada personaje. Cuando soy escritora, yo doy lo mejor que tengo pero no puedo dar respuestas ni decir "las cosas son de esta manera o de otra". Los personajes hacen lo que pueden, eso es todo. Por ejemplo, cuando escribí la novela, me resultaba más fácil apelar a una voz de varón. A la vez, la historia necesitaba los personajes femeninos que aparecen ahí. Yo soy feminista pero no puedo pedirles a los personajes que lo sean. Quizás Ana, la sobrina de Nari, que quiere ser escritora y tiene inquietudes distintas al resto de la familia, es la que se encarga de evidenciar ciertas situaciones del machismo de su tío. Y a la vez, me interesa que ella diga lo que piensa, fume y tome cerveza delante de los mayores. Las voces de la juventud suelen ser silenciadas y me interesa cuestionar eso. Hay otras situaciones, como la del aborto de una de las chicas, que son demasiado contundentes y no necesitan evidenciar nada.

–¿Y por qué la decisión de ir desde los '70 a 2001?

-No sé muy bien por qué. Pero la realidad es que soy hija de inmigrantes uruguayos que llegaron en esa época y entonces tenía en el imaginario, por las historias que contaban, este momento histórico. También me parecía que era un contexto que le daba a la ficción una potencia subyacente. Hay una obra de teatro de Brecht en la que una pareja detrás de la puerta escucha que los nazis llegaron para llevarse vecinos del departamento de abajo. Los dos están muertos de miedo pero ella dice "bueno para qué se mete en política". A mí eso me pareció muy fuerte y me recordó que para mi familia meterse en política era como una mala palabra. Supongo que tiene que ver con el miedo. Por otro lado, también me cerraba el arco político con la edad del narrador. Además, la intención fue tratar de rescatar los momentos políticos. Porque más allá de que los personajes no tuvieran ni la más puta idea de la política encarnada en partidos e ideologías, les afectaba en lo más cotidiano.

–Después de tu experiencia con Claudia, hace un tiempo estás trabajando en el taller de Fernanda García Lao. Hay escritores interesados en las dinámicas de taller y otros que no. ¿Cuál es tu opinión?

–La escritura es un lugar muy solitario y el trabajo en conjunto aporta cosas muy positivas. A veces el texto plantea una situación deslucida y alguien la completa o te dice qué podés explotar mejor del relato que tenés entre manos. Es decir, la mirada de los otros complejiza la propia mirada. O sea que me parece que los talleres son buenos espacios de creación y formación. También tengo un grupo de lecturas y trabajos de nuestros textos con Cristian Godoy y Tomás Downey. Es que en un taller no necesariamente tenés afinidad con todo el mundo. Y con ellos nos elegimos.