viernes, 14 de agosto de 2015

Primer capítulo: DE ESTE LADO DEL CHARCO en Zona Literatura

Zona Literatura
14|08|2015

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Editorial Conejos publica De este lado del charco, de Mariana Komiseroff (primer capítulo)



El 26 de agosto próximo, los escritores argentinos Claudia Piñeiro y Leonardo Oyola presentarán en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires la novela De este lado del Charco, de Mariana Komiseroff.
Por cortesía de editorial Conejos, publicamos a continuación el primer capítulo de la novela:

1

Atravesamos el portoncito de madera y corrimos al fondo. Una bomba para sacar agua y detrás, el muro que formaban las cañas pegadas unas a otras. Solo se veían las primeras hileras. Se nos clavaban astillas en los dedos, al costado de las uñas que es donde más duele. Mamá nos dijo que tuviéramos cuidado, que era una zona llena de ratas por la basura del arroyo. Con la Flaca nos miramos la punta de la nariz.
Se hizo de noche y el fondo de la casa se puso oscuro. Jugamos a las escondidas. Ninguno de mis hermanos se animaría a esconderse ahí. Rocío no sabía contar hasta sesenta, así que contaba dos veces hasta treinta. Me metí entre las cañas y me quedé quieto. Estaba agitado por la corrida.
Pica, escuché decir a Rocío. La respiración ya estabavolviendo a la normalidad y un zigzagueo en los pies me hizo salir disparado del escondite, gritando que había una rata. La Flaca salió de entre las cañas, roja de tanto reírse. La odié. Pica, dijo Rocío y terminó el juego. La Flaca se miró la nariz, poniendo bizcos los ojos. Me fui a acostar. Me tapé hasta la cabeza y me dormí con los dientes apretados.
El tío Eugenio cada tanto iba a visitarnos en el taxi. Armaba él mismo los cigarros que fumaba. Ahuecaba la mano donde ponía el papel y lo llenaba con tabaco, doblaba los bordes y giraba el cigarro acariciándolo. Se notaba que disfrutaba más armarlos que fumarlos. Mi madre le cebaba mates mientras comían galletas de grasa. Después el tío le daba plata y la mandaba a comprar. Nos traía noticias del viejo. Papá vivía en la Capital, se seguían viendo con el tío porque vivían cerca y no debíamos contarle a mamá. El tío Eugenio no decía casi nada, solo que papá tenía ganas de vernos, que andaba con mucho trabajo. Un día, después de decir lo mismo que decía siempre, me miró: Adrián, dice que cuides a tu madre, sos el hombre de la casa. Y siguió hablando con los demás. Alcancé a escuchar que le decía a la Flaca que cuidara bien a los más chicos. Miré a mi hermana, ella estaba parada firme con los brazos cruzados. Dijo que sí con un movimiento de cabeza que le hizo mover el flequillo, siempre enredado como un nido de carancho, y le dio un bife a Rocío que se metía en la boca un cigarrillo apagado. Mamá volvió de comprar y le quiso dar el vuelto al tío. Él no se lo aceptó. Se despidió y se fue en el taxi.
Arriba de la mesa estaba el sobre de tabaco que el tío se había olvidado. Lo agarré y lo guardé en el bolsillo de la campera. Fui para el fondo. Me metí entre las cañas. Puse el papel en la mano ahuecada, como tantas veces había visto hacer al tío Eugenio. Con los dedos desparramé tabaco encima del papel. Me temblaba la mano. La Flaca apareció y todo fue a parar al piso. Sentí el calor de su pierna junto a la mía. Me sacó el papel, agarró tabaco nuevo de la bolsa y armó un cigarro perfecto. Traía fósforos.
Después apagó el cigarrillo y lo metió adentro de una de las cañas.