lunes, 15 de junio de 2015

Reseña de CHICOS MALOS Y OTROS LIBROS en Entre Tuertos

ENTRE TUERTOS
15/06/2015

Nota completa: ACA

OSVALDO BOSSI: ELOGIO DE LA ESPERA



“¿Estoy enamorado? -Sí, porque espero” El otro, él, no espera nunca. (…) La identidad fatal del enamorado no es otra mas que esta: yo soy el que espera.
Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso

Tengo ante mí las huellas de sus palabras (unos trazos apurados en mi libreta), y en torno mío el recuerdo de su voz. Qué dice, qué dijo, que nos dijo. De su voz, permanece una cadencia melodiosa de tonos graves, bajos y precisos, que desgranan con firmeza sus convicciones, la clara y emotiva conciencia de su oficio: Osvaldo Bossi, poeta. Nos habla (ahora, otra vez, mientras escribo estas líneas) en las alturas de ese cuarto solitario al final de una escalera sinuosa y estrecha. Nosotros, abrigados con libros, con café, con lecturas, somos una manada hambrienta que acecha y escucha, conjurados contra esa noche y ese frío que se quedan al otro lado de la ventana.

De a poco, casi sin darnos cuenta, presencias e ideas se van hilando y llegan a la orilla de nuestra mesa. Llegan, como la espuma, en un vaivén que va desde la valentía vagabunda y experimental de Allen Guinsberg a la desmesura de los espectros shakespeareanos, de la pobreza ascética de Sandro Penna al desparpajo indiferente de Alda Merini. Junto a ellos, Bossi despliega un universo poético surcado por el deseo. (Porque, nos dirá, “la escritura es una forma de amor correspondido”). Y aquí, universo y poético deben entenderse con toda su complejidad, en toda su plenitud. No se trata solamente de lo que ocurre en los textos, sino, antes bien, de una manera de ser en el mundo. Habrá, entonces, que “sacralizar los instantes como dones irrepetibles”. No para recuperar una verdad primera, sino porque “escribir es volverse real”. La experiencia es así un material que se re-crea. Se rehace en las palabras, en los silencios, en la cadencia de una voz siempre un poco ajena para señalar una verdad que no deja de mostrarse, pero que nunca se dice.

Roland Barthes ha señalado a la espera como una de las figuras del discurso amoroso: “El ser que espero -dice Barthes- no es real (…) lo creé y lo recreé sin cesar a partir de mi capacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de él: el otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene, lo alucino: la espera es un delirio”.Allí, precisamente allí, el amante sufre la angustia de la espera porque no puede salir de sí, no puede distinguir ilusión de realidad o, quizás, no logra advertir la realidad de su ficción. Y es allí, precisamente allí, donde el yo lírico de Bossi decide, a sabiendas, ubicarse (Aunque yo me quede despierto/ a su lado y le prometa guardar cada uno/ de esos diminutos relámpagos/ adentro de esta pequeña embarcación/ que algunos entendidos en literatura llaman poema,/ y es tonta poesía nada más: poesía/ como todo, o casi todo, deseo de amor). Ocupar esa espera con palabras propias (y silencios y cadencias), sin estridencias ni temor a la cursilería (porque lo cursi, se sabe, no pasa por ser poco original, sino por no ser auténtico) para que la angustia devenga arte, es decir, placer.

En Chicos malos y otros libros (Conejos, 2012) esa voz entreteje mundos a partir de escenas mínimas, acaso íntimas (un encuentro en un bar, para tomar cerveza o comprar droga, ropa secándose al sol, la figura de un padre en el recuerdo o una tormenta que se desata en medio de la tarde) La mirada (Esa “cámara fotográfica que guarda sombras”, dice Selva Almada en el prólogo) se posa en un detalle e insinúa, sutil y sin excesos, los trasfondos de un vínculo (quizás imaginado, pero no menos real). Los poemas organizan, así, una pequeña constelación de lazos y presencias que invitan a recorrer personajes y escenarios en más de una dirección: al interior de cada libro, entre las distintas obras.

Bajamos las escaleras. Llegamos a la calle, a la noche, al frío. Como otras veces, algunos caminamos juntos todavía algunas cuadras, pero esta vez las hacemos en silencio. Es que hay algo que todavía suena dentro nuestro…