miércoles, 4 de febrero de 2015

Reseña de VELOCIDAD CRUCERO en ESPACIO MURENA

RESEÑA DE VELOCIDAD CRUCERO de Carlos Battilana
Espacio Murena | 21/12/2014
por Marcelo Díaz.

Nota completa: ACA

A propósito de Velocidad crucero




Velocidad cruceroCarlos Battilana

Editorial Conejos, 2014
136 páginas







Los poemas reunidos de Velocidad crucero integran una selección de textos
que van desde el libro homónimo que abre la serie hasta textos
provenientes de otras obras como  Materia[1], Para el lado ciego[2] y Narración[3].


La escritura de Battilana se sostiene desde una mirada congelada en el movimiento de las cosas que lo rodean: “Luego de las/épocas cruciales/-los 70, los 90-/atrapados en el dosmil/comprendo/el movimiento del aire/las hojas dispersas/y el cambio climático/que ha afectado,/ progresivamente,/la base/de nuestra/naturaleza”. La descripción casi fenomenológica de los estados del clima en el jardín de una casa junto con el orden político y social se superponen en un mismo plano. Son notas extraídas de un cuaderno de invierno donde el frío llega lentamente y las estaciones parecen estar quietas como estalactitas.
En determinados versos se realiza un ejercicio descriptivo obstinado en capturar y analizar puntos cercanos de la visión que parecen lejanos: “Los pájaros se acercan/al jardín: sobre todo/gorriones, pero también/calandrias, jilgueros,/ cabecitas negras, algún/hornero. Caminan/por el pasto/mueven sus cabezas/absorben/ los minerales de la tierra/ están preparados/ ante el menor descuido./ Los pájaros/ se demoran/ en el conurbano/profundo/husmean/ los beneficios del jardín: ¿padecerán el recuerdo/de un bosque/ oscuro?/ Como un resto/de otro resto/la tierra/mezcla/o articula/el residuo/de lo civil.” No es una mirada provinciana, si bien es quieta y contemplativa, sino que se construye desde una geografía urbana periférica donde no hay separación entre la quietud de la naturaleza y la aceleración de las cosas en las ciudades. Así como tampoco hay separación entre lo que acontece en el mundo exterior e interior: “Reduzco/el movimiento/del cuerpo/a velocidad/crucero/encierro/mis deseos/en una /habitación/y descubro/al cabo de los años/que no pude/comunicar/una especie de daño/ biológico/que el tiempo/alojó/en la memoria” Es decir: el cuerpo se textualiza o el lenguaje se materializa en una voz poética concreta donde predominan la observación y la desaceleración del paso del tiempo.
En Materia, como señala Jorge Monteleone, se plantea y complejiza la materialidad misma del lenguaje. Hay rituales lingüísticos que articulan relaciones afectivas: “Hacés sombra, dolor. ¿Es posible/que pueda, sin mediaciones, tocarte?/ Nombro con palabras precisas/ a los seres queridos/ pero sin respiración”. El acto de nombrar termina por otorgarle entidad y significación a la propia voz y a las propias palabras en una articulación entre la memoria personal, recubierta por un lenguaje antiguo, y el presente petrificado con nuevas formas de decir y de significar el mundo.
La escritura funciona como un testimonio de la imposibilidad para reconstruir lo real donde los objetos provisoriamente se desmaterializan: “Mira por la ventana y sólo ve el movimiento de los autos. El/ movimiento es algo que se ve, y ¿los objetos?… De los/ objetos queda una suerte de mancha gris.” O la escritura puede ser también una inquietud para pensar la relación mundo-lenguaje como en el poema Signos: “Con las letras de las palabras, ordena el mundo. Pero el mundo está hecho de materias,/de desvíos, de bloques irrespirables. En ese afán de que las cosas se acomoden a su/ percepción, se halla, insensato a los signos del mundo.” El ejercicio del lenguaje poético también puede presentarse como una violencia que distorsiona el orden semiótico de lo real en el que la realidad no puede ser contenida, o reducida, a la palabra. La escritura es una exploración con el fin de encontrar un puente entre la realidad, la lengua y la experiencia en el que no hay un correlato, de ahí la complejidad, entre los tres términos.
La mitología, y memoria, familiar con sus singularidades, sus afectos oscuros y sensibilidades distantes y hostiles como “bloques de materia” puede ser otro tópico para abordar. ¿Es la familia un relato heredado donde repetimos las fábulas y las narraciones que aprendieron nuestros padres? De la familia orgánica sólo quedan restos, la muerte reciente del padre del sujeto lírico dialoga con el pasado escolar: “Mi madre me pone el delantal/blanco. Nos sacan/ a los dos hermanos/ la foto/ del comienzo de clases”.  La imagen diáfana es la de dos niños felices durante el fin del verano, imagen que luego se actualiza en los versos siguientes: “Hoy/ mi hijo Marcos/ nombra a Andrés/ a Ricardo. Le pongo el delantal/ lo acaricio,/ sus palabras no me reclaman/nada, y hago un esfuerzo/sobre humano/ por comprender, por devolverle/ parte de mi vida” donde se entabla un juego temporal entre infancia y adultez en el que el sentido paternal regresa para unir los fragmentos familiares en una experiencia común.

Hay sentidos, palabras, que pueden pensarse como contraseñas de lectura en la poética de Battilana. Por un lado lo referido al universo del invierno y del frío como un paisaje interior que atraviesa cada libro: “Lo que está quieto parece una sombra helada”, “Si pudiera aplastaría con hielo todos los días .Los quemaría.”,  “Pesados como piedras en este lugar del invierno” o “El silencio helado de las líneas del horizonte”. El invierno es una estación que ha hecho casa en esta poética y lentifica el transcurrir de las horas y de los días como en una suerte de cuenta regresiva que de a poco vacía de significación la experiencia. Por otro lado la recurrencia de palabras asociadas al campo semántico del término materia puede ser otra contraseña: “Pasea la tierra por alguna calle lateral, y miro con cierta fascinación cómo el aire puede hacer del tiempo un pedazo de materia”. O sino el remate del poema homónimo “Apoyo mis pies/ en la arena, hago un hoyo/ con mis manos,/arrojo/ sin tristezas/ un poco de materia/ al aire” como si en el acto de arrojar materia al viento está iniciada la acción de comenzar una tarea nueva como un gesto de afirmación de uno mismo en la intemperie del presente.