lunes, 8 de julio de 2013

Reseña de CONVERSACIONES CON MARIO LEVRERO en La Unica

Reseña de CONVERSACIONES CON MARIO LEVRERO
en Revista La Unica
por Natalia Zito

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CONVERSACIONES CON LEVRERO |  UN LIBRO PARA TENER CERCA

natizitobyn
El modo en que el libro llega al lector importa. Ese podría ser el slogan de la Editorial Conejos, una cooperativa de escritores con la idea de que sencillez y profundidad van juntas.
A Levrero llegué por Ariel Bermani. Bermani es uno de los responsables de la editorial, un tipo macanudo, uno de mis maestros.
Estoy en el Centro Cultural Rojas, Conejos presenta la edición argentina de Conversaciones con Mario Levrero, de Pablo Silva Olazábal.
A Pablo Silva Olazábal llegué por Levrero. Silva Olazábal nació en Fray Bentos, Uruguay, en 1964. Es escritor y periodista cultural. Tiene un programa diario dedicado a libros y escritores.
Importa cómo llegan los libros porque se lee con la marca de esa experiencia. Leí Chicos Malos, de Osvaldo Bossi, con el eco de su voz grave, tal vez trágica, en la presentación “Si pudiera sacarte de la droga… / pero no puedo / (…) / En lugar de eso, te acompaño a comprar”.
A un costado del escenario, está Mambo vendiendo los libros de Conejos. Mambo es Pablo Rivas, encargado del diseño editorial, autor de la portada de Conversaciones con Mario Levrero. Una tapa bien Levrero: honda e informal. Compro La sucesión, de Cynthia Edul porque una amiga me dijo: tenes que leer ese libro, habla del padre y el casino, como la novela que vos estas escribiendo. El de Olazábal con Levrero no lo compro. Todavía no. Como un desafío a la capacidad de la presentación de acercar libro y lector.
Me encuentro con Valeria Iglesias, autora, entre otros, de Correo sentimental (Ed. Pánico el pánico) y codirectora de Outsider, otra editorial convencida de que la buena literatura está por fuera de la solemnidad, que los eventos literarios pueden ser algo divertido, con música y alcohol. Me presenta a Juan José Burzi, lo conozco porque leí Sueños del hombre elefante (Gárgola). Es obvio que vinimos por el vino, decimos los tres, cuando parece que todo está por comenzar.
En el escenario, además de Silva Olazábal, están los cuatro editores que forman Conejos: Bermani, Bruzo Szister, Facundo Soto y Paula Brecciaroli, que abre la presentación. Conversaciones con Mario Levrero estaba editado en Uruguay y Chile. Siempre que alguien viajaba a Uruguay, aprovechaban para encargarle uno o dos ejemplares que luego circulaban de casa en casa, casi siempre con el mismo comentario: ¿viste lo bueno que está ese libro? El tráfico hormiga terminó cuando se plantearon la posibilidad de editarlo y facilitar el acceso argentino a un libro lleno de perlas levrerianas.
“Cuando el autor sabe demasiado sobre el argumento, a veces se apura a contarlo, y la literatura va quedando por el camino”. (Otro de mis maestros, se trenzaría a debatir esta idea)
“Cuánto más tiempo pasa entre la escritura y la corrección, tanto más fácil es la corrección”
“Ser escritor no significa escribir bien (…) sino estar dispuesto a lidiar durante toda la vida con tus demonios interiores”
“Siempre dije que los escritores son unos tipos desgraciados y amargados, mientras que los pintores son tipos felices. (…) A veces, para salir de alguna depresión, me da por salir a la calle con “la mirada del pintor”; tratar de ver el mundo como espacios, formas, colores, sin discriminar otra cosa. Y da buenísimos resultados”
Voy a leer porque me pongo nervioso, es casi lo primero que dice Pablo Silva Olázabal cuando tiene la palabra. Lee, pero no se nota, porque parece que conversa. Lo hace con humor y al público se le empieza a dibujar esa media sonrisa que delata placer por las palabras. Habla con gracia y dice cosas interesantes. La crítica precisa alivia, la que duele es la crítica difusa. No voy a olvidar eso, me lo llevo entre los libros. Miro para el lado de Mambo para ver si quedan ejemplares de Conversaciones con Levrero.
Más tarde, cuando la presentación se haya convertido en cena y estemos en una mesa larga en uno de esos bodegones donde los pingüinos de vino son parte de una mística, con Olazábal vamos a hablar de Onetti, de la crítica como género, de amigos y lecturas en común y de lo que él llama críticas sangrientas.
Con la gracia de leer y que no se note, Silva Olazábal cuenta que visitó a Levrero varias veces, pero la relación fue esencialmente escrita. Las Conversaciones son fruto del taller virtual que dictaba Levrero por correo electrónico. Olazábal parece no haberse guardado ninguna pregunta y el maestro ninguna respuesta. Inquisidor insaciable, lo llamó Levrero alguna vez. Una relación de afecto y admiración en la que no se desperdició nada, y que muchos seguirán aprovechando.
Para Levrero la crítica era una actividad innecesaria, improductiva. Consideraba un error polemizar con los críticos. Cuando la cena haya terminado y yo esté en casa con el libro autografiado, con la necesidad incontenible de leer, voy a encontrar esa opinión de Levrero y me voy a preguntar si Olazábal estará de acuerdo. No basta con que te guste para que sea bueno, responde Levrero cuando venían hablando de los gustos impresentables, a los que él llama perversos. A Levrero le gustaba Julio Iglesias, lo descubrió rechinando los dientes, así lo dice. El gusto no es garantía de calidad, las garantías no existen.
Conversaciones con Mario Levrero es un manual involuntario. Eso dice en la contraportada. Bermani, que está sentado a la izquierda de Olazábal y no le teme a los debates, incluso cuando se trata de debatir con él mismo, dice: los manuales son pedantes. Luego, con la tranquilidad que lo caracteriza, agrega que se arrepiente de la palabra manual porque no hay nada pedante en este libro. Entonces Silva Olazábal recuerda la opinión de Levrero sobre sus propias respuestas: “Sólo son palabras mías; no es palabra de Dios, lo mejor es usar tu propio criterio”.
La escena comienza a tener signos de final. Con Valeria Iglesias chequeamos la mesa dónde está Mambo y los libros, con la preocupación de quedarnos sin nuestro manual que no es manual, pero que queremos igual. La presentación funcionó: no puedo irme a casa sin Conversaciones con Mario Levrero. Se arma fila para comprarlo. Es un libro necesario. Eso también está en la contraportada y se confirma al leerlo. Un libro para tener cerca, volver cada tanto y en cada regreso, encontrar algo nuevo.
Luego, ronda de vino y literatura. La pasamos bien, hablando, entre otras cosas, de cuentos de Burzi donde los zombies tienen la capacidad de inclinar las elecciones. Cuando el vino se termina, Bermani propone cena en comunidad. Se arma caravana de más de veinte personas. No es que nos conozcamos todos pero el modo en que los libros arman puentes importa y esta caravana lo comprueba. Vamos a Cervantes, esos bodegones siempre llenos, con mozos serios pero efectivos, que no pierden de vista que se puede conversar de otra cosa si la comida no tarda mucho. Tengo la suerte de que Olazábal y su mujer se sienten cerca, al igual que Valeria Iglesias, Burzi y Bermani. Hablamos de Buenos Aires, de Montevideo, de su programa de radio, de Lacan y de los otros libros de Olazábal.
A Silva Olazábal llegué por Levrero.
Leo Conversaciones con Mario Levrero con el recuerdo de la presentación-cena y mi lectura es casi un recorrido inverso por las huellas de esa experiencia. Me pregunto qué respondería el Pablo Silva Olazábal de hoy a sus preguntas de ayer.

PABLO SILVA OLAZÁBAL CONVERSÓ CON LEVRERO, LA ÚNICA CONVERSÓ CON PABLO SILVA OLAZÁBAL.   

Seleccioné cuatro de las propias preguntas de Olazábal a Levrero y le pedí que fuera él quien las responda, como si el libro fuera una plataforma giratoria a la que podríamos hacer girar cuantas veces quisiéramos. Pablo responde con la misma buena disposición que Levrero y resulta esta entrevista (que no es imaginaria), con Pablo Silva Olazábal por Pablo Silva Olazábal.
¿Es posible que escribir genere culpabilidad? Algo así como por qué gastar tanto en una actividad “improductiva” o “egoísta” teniendo una familia que mantener, etc.
Cuando hice esa pregunta a Levrero pasaba por aprietos económicos, pero años después, cuando los pude superar (o cuando la evolución económica hizo que ellos me dejaran a mí) el sentimiento de culpabilidad no disminuyó demasiado. Creo que en una sociedad regida cada vez más por la utilidad y la búsqueda de beneficio y en la que encima, por razones tecnológicas y de civilización que sería largo de abordar, el tiempo se acelera, es decir, se escapa más rápido de nuestras vidas, pasarte horas y horas solo, o en silencio, escribiendo textos, puede parecer un desperdicio, un gasto de tiempo. Estos cuestionamientos pueden surgir del entorno, o del propio escritor, que de alguna forma los internaliza. Y está claro que desde el punto de vista estrictamente monetario es un gasto, o a lo sumo una inversión a largo plazo (a veces a larguísimo plazo).
Sin embargo existe una retribución inmediata, una retribución psíquica muy importante, de la que en general no suelen hablar los escritores, porque es algo muy íntimo y que yo pienso está vinculado de algún modo a cierto culto al libro, o mejor dicho a la palabra escrita, y que tal vez sea propio de nuestra civilización “occidental y cristiana”, no sé. Pienso que escribir, y escribir imaginativamente, desencadena procesos brutales de algo que no sé si llamar alivio, sanación, o cura… si no es eso, se le parece mucho. Solo con escribir, con conectarnos con nuestra imaginación personal, dicho en términos levrerianos.
En la radio hace ocho años que entrevisto y hablo con escritores casi todos los días, son cientos de escritores, y en general he observado que muy pocos, incluyendo en esto a los poetas, hablan de este efecto, porque parece algo medio místico o medio new age. Pero la escritura como terapia del sí mismo es, según el italiano Duccio Demetrio, una de las pocas terapias tradicionales de Occidente. Nació con los nobles romanos, hace años escribí un artículo sobre ese libro (“Escribirse. La terapia del sí mismo” del pedagogo y experto en autobiografía Duccio Demetrio).
Redondeando, la escritura, como acto solitario, conlleva una tensión entre el “adentro” y el “afuera”. Para escribir es necesario una introspección, pero el “afuera” continuamente nos está tironeando (nos tironea ayudado por aliados interiores, que son las zonas que, por alguna razón, NO quieren escribir). La culpabilidad surge así como una de las trancas que penan y apenan la escritura. Sobre todo si estás escribiendo, tiñen ese acto maravilloso de una pátina amarga y oscura.
Hallar una tregua entre ambas tensiones para poder escribir unas horas al día sería lo mejor, pero en mi experiencia muy pocas veces resulta. Esto se resuelve cuando uno termina de asumirse como escritor (y cuando el entorno también lo hace) y se deja de embromar.
Pienso que el desarrollo como escritor requiere un doble juego de aislamiento y de necesidad de compartir los textos producidos; es como un viaje en burro: cualquier recarga en uno de los lados de la mochila hace caer la montura del burro (!!!!). Quiero decir que la exposición crítica es necesaria, pero si uno es demasiado sensible a esa exposición, por mínima que sea, puede modificar seriamente lo producido.
El escritor necesita lectores, aunque sea un solo lector. Es más, si tiene un lector (alguien a quien él crea como buen lector) no debería preocuparse, porque tarde o temprano habrá más (es pequeñísima la posibilidad de que haya menos). El año pasado publiqué una novela que me llevó cinco años escribir y que en el proceso di a leer a cerca de veinte escritores. Fue un error, pero mis dudas eran muy grandes. Ahora que está publicada ha recibido crítica positiva, aunque escasa, pero eso es por la aceleración en la que vivimos: se aceleran los tiempos, se multiplican los títulos publicados y se achican los espacios de crítica en la prensa escrita. Igual, es necesario mostrar, porque escribimos para comunicar.
Tanto Onetti como Levrero decían lo mismo “yo escribo sin importar si me van a leer o no” pero yo nunca les creí mucho. Pienso que un escritor siempre espera una crítica (mala o buena, porque lo peor es el silencio). Comprendo que ellos fueron dos monstruos que sufrieron mucho ese silencio, tanto que buscaron una salida, una coartada para superarlo y esa fue “me importa escribir, luego de terminado el texto no importa si me leen o no”. Pero si realmente hubiera sido verdad no hubieran dedicado esfuerzos a la publicación de sus libros. Es necesario mostrar, exponer lo escrito. El tema es que hay que elegir muy bien a quién se muestra, porque la escritura es un proceso y no sirve de nada compararse con Borges o García Márquez (sobre todo cuando se empieza a escribir, y sobre todo porque nadie te compara con el Borges o el Gabo inicial, sino que todas las comparaciones son con el Borges maduro).
¿Creés positivo polemizar con los críticos?
La crítica que el escritor espera (una que demuestre una lectura ponderada y sobre todo personal) existe cada vez menos; aún así cada uno sigue esperando que ocurra ese milagro, el de una crítica que te haga redescubrir la obra como si fuera algo nuevo y sobre todo, como si fuera algo escrito por otro. Creo que es un gran error polemizar con los críticos pero ya se sabe que el hombre (y la mujer) viven tropezando con la misma piedra.
A mí por ejemplo me pasó, con la novela que te mencionaba, que la llevé a varias editoriales, donde puntualmente rebotó (en la mayoría con el silencio, que es la peor negativa). En una de ellas tuvieron la amabilidad de pasarme el informe de lectura que fundamentaba esa negativa. Era un informe bastante prolijo, supe que estaba hecho por un crítico conocido, con una lectura personal, que marcaba varios aciertos y sobre todo objetaba una serie de carencias de la novela. Al leerlo tuve el impulso de contestarlas una por una (alguna eran insospechadas para mí) y así lo hice. Al escribirlas fui tomando una conciencia particular de la novela, la fui viendo mejor y más sólida de lo que creía. Al mismo tiempo, mientras escribía eso me ganó la certeza de que la causa de todas las objeciones de ese crítico eran una sola: no había sido hipnotizado por la novela. No la había leído bajo el encanto de la ficción sino que la había diseccionado con el bisturí de la crítica y luego había analizado cada fragmento con una lupa o con un microscopio: ese detallismo hacía surgir desconciertos y exigir aclaraciones.
Por ejemplo, el informe alertaba contra el final de la novela, que es bastante desconcertante, diciendo que tal vez el lector quedara tan desconcertado como el protagonista (que ha perdido totalmente la memoria y busca saber qué pasó en un estado de permanente observación y desconcierto). Eso, claro, lo consideraba muy negativo. Para mí una novela que te deje en estado de desconcierto… es notable.
Así que igual escribí mis descargos, dejé pasar un día y luego los releí. Le saqué alguna dureza y pulí el texto para darle mayor precisión, pero luego me quedé dudando. No sabía si mandarlo o no a la editorial ¿Valía la pena? Pero si no lo hacía ¿para qué lo había escrito? Así que al final lo mandé. Obviamente no ocurrió nada. Días después comenté lo que había hecho a un escritor y él, cabeceando, me dijo que frente a las críticas hay que seguir el consejo de Truman Capote: escribir y contestar las objeciones, una por una, defender la obra y luego no enviar la carta.
De haber sabido antes lo hubiera seguido, porque es un consejo muy inteligente. Nuevamente hace hincapié en la necesidad de escribir, de bajar al papel lo que uno siente y piensa, buscando ese efecto benéfico que te mencionaba antes, y de despreocuparse del exterior.
¿Cuándo te das cuenta de que termina un texto? ¿pensás mucho, al escribir, en el final?
En esto no creo que haya algo parecido a una receta, porque cada texto puede tener distintas formas de ser realizado a lo largo de la vida de cada uno de nosotros. Dicho esto, para mí lo mejor, o lo más atractivo, o lo que me parece más seguro desde el punto de vista de la calidad, es cuando no tengo ni idea del final. Pero esto crea a veces una gran tensión, porque uno quiere saber cómo terminará, o por lo menos adivinar hacia qué final se encamina el asunto, antes de que ocurra efectivamente en el papel. Por más confianza que tengas en que saldrá solo, hay una ansiedad natural por conocerlo antes. Esta ansiedad se multiplica si el asunto avanza lentamente, y sobre todo si tardás mucho tiempo –meses, años– en conocer el fin. Obviamente la ansiedad se incrementa además por otras causas, por ejemplo la aceleración del tiempo que padecemos en todos los órdenes, así que se puede caer –o mejor dicho yo he caído– en un estado de bastante ansiedad. La sufrí mucho con la novela que te digo: iba tan lenta que intenté varias veces escribir otras cosas, dejarla, volver, en fin, no vale la pena hablar de ese proceso tan largo, el hecho es que cuando llegué al final no lo reconocí (!). Seguí escribiendo como si nada, resignado a que la historia no iba a terminar nunca, hasta que me di cuenta de que esas páginas sobraban, o pertenecían a otra historia, a otra novela que no sé si haré algún día. Pero esto se dio en esta ocasión. El mejor consejo que leí para este tema es del teatro: es mejor terminar antes que después del final.
Mario Levrero
Jorge Mario Varlotta Levrero. (Montevideo, 1940 – 2004)
Fue fotógrafo, librero, guionista de cómics, humorista, creador de crucigramas y juegos de ingenio.
Autor, entre otras obras de “La máquina de pensar en Gladys” (1970), “Manual de parapsicología” (1980), “Aguas salobres” (1983), “Caza de conejos” (1986), “El discurso vacío” (1996), “Espacios libres” (1987), “La novela luminosa” (2005).
Pablo Silva Olazábal
Nació en Fray Bentos, Uruguay, en 1964. Es escritor y periodista cultural.
Publicó el volumen de cuentos “La Revolución Postergada” (2005), el de relatos “Entrar en el juego” (2006) y la novela “La huida inútil de Violeto Parson” (2012). El libro “Conversaciones con Mario Levrero” apareció en 2008, fue editado en Chile en 2012 y en Argentina en 2013. También fue compilador y coautor del libro colectivo “Bienvenido, Juan. Textos críticos y testimoniales sobre Juan Carlos Onetti” (2007). Una novela inédita “Pensión de Animales” obtuvo en 2012 el 2do premio de narrativa inédita en los Premios Anuales del MEC (Ministerio de Educación y Cultura).
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