martes, 5 de febrero de 2013

Reseña de "La sucesión" de Cynthia Edul en Revista Ñ 19/01/2013

Escenas del derrumbe

En “La sucesión”, Cynthia Edul propone un relato contundente sobre el desmoronamiento de una familia.

POR VALENTIN DIAZ

EDUL. "La sucesión" es su primera novela.
    Una de las preguntas que Cynthia Edul se hace en La sucesión es cómo funciona la ley de la herencia. Qué se hereda, además de bienes, cuando se hereda. La novela trabaja con la serie económica como espacio de verdad sobre la vida. Su antecedente, señalado en el comienzo (“El verano en el que me dejaron sola en el centro, algo en mi familia se había comenzado a desmoronar”), es El Crack-up de Francis Scott Fitzgerald, en el que de un modo definitivo la serie económica y la serie de la conciencia quedaron articuladas para la literatura.
La sucesión narra la historia de una enriquecida familia argentina en tres momentos a lo largo de diez años: un verano en Punta de Este, la mudanza al piso de Libertador y la muerte del padre. Pero esa historia es también la de la década del 90 y por eso el desmoronamiento familiar (producto de la ruina a la que las apuestas de caballos del padre conducen irremediablemente) es, al mismo tiempo, un modo de vivir una época. Sin embargo, La sucesión es, de alguna manera, una novela sin protagonista, porque si bien el padre parece ocupar ese lugar y, por momentos, la primera persona desplaza el centro al Yo, el libro trabaja más bien con otro tipo de unidades (no se trata de sujetos), en principio la familia. Ante esa unidad, permanentemente redefinida, la hija menor-narradora despliega un punto de vista interior y a la vez exterior, entre la proximidad máxima y la distancia cruel.
La ausencia de protagonista es, probablemente, una de las dimensiones más inquietantes y atractivas de la novela. ¿Se trata de una forma de carta al padre? ¿Hay un Edipo –normal o demasiado grande? En principio no. Aquí no hay , desde el punto de vista de la narradora, Edipo alguno. El padre no es objeto de deseo (la histeria es toda de la hermana) ni culpable (las víctimas son la madre y el hermano). Para la narradora sólo queda el lugar del testigo.
Los males que la pulsión de muerte del padre desencadena (distintas formas de la tragedia familiar) parecen provenir de una fuerza (el mal) que es siempre exterior –los otros, el secreto, las pasiones desatadas. Pero ese mal exterior (que la narradora deberá descifrar poniendo nombres, atando cabos) puede finalmente explicarse y su verdad última se reduce a una lista que el padre, minucioso, lega como diario íntimo: el detalle escrito a mano de todas y cada una de las apuestas a las que, a lo largo de los años, entregó su vida y su fortuna en sacrificio.
Con esta primera novela, Cynthia Edul lanza una propuesta narrativa contundente y felizmente alejada de las formas sólo aparentemente liminares que el presente celebra con excesiva comodidad. También dramaturga y directora teatral, Edul con La sucesión, al mismo tiempo, da forma a una serie (iniciada con la obra Miami y cuya última entrega es Adónde van los corazones rotos, suerte de cuarta escena de la novela) en la que la exploración del universo familiar coincide con un modo singular de ocultarse diciendo toda la verdad.